domingo, 26 de septiembre de 2010

A raudales


Cómo el sol que atraviesa una ventana y plaga de luz blanca la habitación,
así entras tú en mi vida, a raudales,
para inundarlo todo,
para conquistarlo todo, para acariciar cada rincón de cálidos susurros.
Finjo que no te veo, que no estás, que no te necesito,
que no me interesas, que no te quiero...
pero ya te encargas tú de hacerme sonreír en un descuido
mostrándome la belleza del pequeño momento,
la felicidad esquiva que se crea con las ganas de amar y de vivir.

Yo me hago la loca y me visto de independencia y autosuficiencia
pero tú entras en el juego de las casualidades
para con un guiño regalarme sensaciones inimaginables,
aventuras no escritas, cuentos con final feliz.

Y cuando de repente las palabras se me anudan en la garganta
y a cambio fluyen las lágrimas que erizan la piel,
ahí sucumbo a tu amor y me entrego a ti sin preguntas ni condiciones.

lunes, 6 de septiembre de 2010

La diferencia entre consejo y opinión

Siempre he pensado que si los consejos costaran dinero dariamos muchos menos. Y es que los consejos a pesar de lo bienintecionados que puedan parecer acaban siendo una forma bastante diplomática de juzgar a los demás o de decirle cómo deben de vivir su vida, además de privarnos a nosotros mismos del tremendo placer de que nos pregunten nuestra opinión sabiendo que les interesa lo que le vamos a decir y lo valoran.
Hoy hablando con una amiga me ha dado pena comprobar como los mágicos consejos de la gente que "nos quiere" puede condicionarnos de tal forma que coarten nuestra libertad precisamente con quien deberíamos sentirnos más libres.
Con el tiempo me he dado cuenta que una de mis virtudes es saber escuchar. A veces esta virtud se vuelve en mi contra porque acabo sintiéndome insignificante cuando la otra persona asume radicalmente el papel de hablante. La verdad es que me cuesta dar consejos. Incluso cuando me los piden acabo analizando los pros y los contras de la situación, barajando de forma externa las posibilidades y haciéndole caer en la cuenta a la otra persona que tiene opciones para elegir y no solo un callejón sin salida. Porque hay un millón de formas de ver las cosas y no solo la nuestra, siempre es preferible un "yo lo que haría en tu situación..." que un "lo que tienes que hacer..." por muy amigable que sea.
Al menos así es como me gusta a mi hacer las cosas y aunque sin ánimo de imponerlas es un aspecto que valoro muchisimo en la persona que tengo enfrente y un detalle determinante en alguien que acabo de conocer. Si esa persona abandona su ego para darte a ti el papel principal, es ya de por sí una persona interesante. Porque nuestras cosas son importantes y es maravilloso compartirlas pero probablemente aprendamos más escuchando que hablando.
Cómo le digo a mis alumnos: tenemos dos orejas y una boca por lo tanto deberíamos escuchar el doble y hablar la mitad.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Alimentada de recuerdos...

Alimentada de recuerdos
he acabo teniendo
una gran indigestión.

martes, 31 de agosto de 2010

Malos tiempos para el amor

Maria mira como Ana amamanta a su pequeña de tres meses. No deja de sorprenderse de este milagro de la vida. Como una vida da otra vida. Como después de nacer el lazo entre madre e hija sigue siendo un cordon umbilical invisible pero resistente y vital como el anterior.

Ana representa uno de los sueños de Maria. Es un canto a la esperanza de formar una familia fruto del amor donde la principal riqueza sea el cariño y el respeto. Maria se siente cursi solo de pensarlo. Acaba de contarle a Ana su verano de idas y venidas. Sus ligues y amores fugaces. Asegura que es feliz con su vida pero no deja de añorar los hijos que no tuvo cuando soñaba con hacerlo. No deja de pensar que ha perdido la capacidad de enamorarse. Ana la mira a los ojos y es capaz de leer más allá de sus palabras.

- No tengas prisa. No vendas tu alma. Llegar, llegará seguro, pero son malos tiempos para el amor verdadero.

sábado, 28 de agosto de 2010

La piedra que soñaba ser diferente

El río fluye alegre y cantarín al paso de un pequeño pedregal. Sus aguas claras y frías acarician los innumerables fragmentos rocosos acumulados con el tiempo. A simple vista todas las piedras son iguales: grises, angulosas, estáticas. Entre tanta caliza una piedra se sentía diferente, soñaba con ser diferentes. Sus hermanas piedras eran incapaces de apreciar esa sensibilidad. Sabían su misión en la vida que les había tocado vivir. Observaban el paso del tiempo, el cambio de estaciones, el fluir del río y no se preguntaban nada más. Tampoco a ella la veían diferente, no era más que una piedra.

El verano estaba siendo caluroso y el río había disminuido su caudal. El sol incidía directamente en cada una de las rocas que sentían como sus partículas se dilataban. El otoño se hizo de esperar pero su llegada fué contundente. Un fuerte viento azotaba las hojas de los árboles, las flores y arbustos y hacía vibrar cada uno de los rincones del pedregal. El invierno trajo consigo innumerables tormentas. La lluvia no cesaba de caer y el caudal del río creció de manera sorprendente. Un embiste del agua se llevó consigo a la piedra que se sentía diferente, que soñaba con ser diferente. Desconcertada al principio sintió como la fuerza del río la arrastraba dando tumbos de un lado para otro. Los golpes y las vueltas en el agua la hicieron caer en la cuenta de que había abandonado el pedregal para siempre. Era piedra y por tanto su destino estaba al merced del río. El paisaje allí arriba no modificaría con su ausencia. El cambio sería prácticamente imperceptible.

Las lluvias amainaron y el aumento en las horas de sol trajo consigo la primavera. La piedra que se sentía diferente seguía rodando pero cada vez de forma más tranquila. Los golpes eran menos y la velocidad había disminuido considerablemente.

Un día el trayecto llegó a su fin. De nuevo volvía a estar quieta. Se encontraba ante una inmensidad de agua salada y azul. Antes de que pudiera darse cuenta, su quietud se veía acariciada por un ir y venir de espuma blanca y cálida. Las olas que rompían en la orilla le hacían dar pequeños saltos, la atraían en un balanceo para devolverla junto a otras piedras de tamaños y colores infinitos. Ninguna piedra de las que alcanzaba a ver era igual que ella. Pero tampoco ella era como recordaba, como la imagen que tenía de sus hermanas piedras.

Unas risas infantiles y unos pasos presurosos se acercaban a la piedra que soñaba ser diferente. Unos deditos ágiles y jugetones rebuscaban a su alrededor hasta que fueron a toparse con ella. El niño de cuatro años la miraba con atención y sonreía. La acariciaba y sonreía satisfecho mientras buscaba a su alrededor. Hasta que de nuevo volvió a correr con ímpetu hacia la chica que tomaba el sol junto a su amiga y que había conocido horas antes entre juegos y bromas.

- Amiga, te he estado buscando. Toma, te traigo la luna en forma de piedra.

El niño entrega su luna particular. La chica recibe el recuerdo de unos juegos y unas risas. La piedra nunca más será una piedra cualquiera.